domingo, 4 de diciembre de 2011

Indulto para un manzano

Corría el primer lustro de los 90, poco después de mi bautizo en la UNED, cuando entraron varios compañeros en el Departamento. El cambio constante de la vida no sólo se notaba en la variación de la plantilla: según terminaban las obras del nuevo edificio de Psicología, se iba trasladando su personal. Y se acometían las obras de reforma y acondicionamiento en el edificio que antes se llamaba de la OEI —buque insignia de la Universidad—. Cuentan las antiguas leyendas que, hace ya mucho, laboraban y convivían allí todas las enseñanzas, todas las facultades y buena parte de las personas de la UNED, como en un crisol de culturas, como en una Torre de Babel. Ojalá alguien deje escritos esos cuentos de transmisión oral. Quizás haya sido el espíritu de aquella convivencia, y su visibilidad, lo que ha conferido al edificio su carácter emblemático. Lo conocí cuando quedaba poco más que la Facultad de Económicas y Empresariales. Después empezaron las obras en él.

La constancia del cambio lo convierte en rutina. También dicen que del roce y —sin duda— la rutina, nace el cariño. Dos de aquellos nuevos profesores se entendían y se emparejaron. Su deseo de intimidad conducía sus paseos hacia el desmonte que da a la N-VI. Al amparo de la tranquilidad del paraje y de su orientación a poniente, muchas veces se relajaban, en algún lugar discreto, para contemplar las formidables puestas del sol. Ya por entonces circulaban rumores poco agradables sobre los pobladores nocturnos del bosquecillo colindante al edificio de la OEI —la 'caja de cerillas'—; por lo que, la pareja, no se demoraba mucho tiempo por allí.

Otro compañero, éste de mi quinta y de naturaleza juguetona, decidió gastar una broma a la pareja. De camino a recoger su coche para marcharse, vio unas manzanitas pequeñas, del tamaño de las ciruelas; pero también reconoció a los enamorados. Subrepticiamente les arrojó algunas de las manzanitas, como quien tira chinitas a una ventana pero sin dar la cara. Los tortolitos se asustaron y salieron huyendo, pero mantuvieron el secreto. Más tarde, el compañero bromista decidió completar su picardía y reveló la situación y su autoría. Todo el Departamento se enteró, no sólo del noviazgo, sino de que allí había un manzano y que producía frutos pequeñitos pero abundantes y exquisitos, puro néctar y ambrosía.

Después de un tiempo —quizás un otoño o dos—, se ennoviaron otros dos compañeros del Departamento. Los mismos escenarios, la misma parada nupcial, la misma broma de nuestro díscolo compañero... la misma munición. No sorprendió tanto porque ya era un secreto a voces y muchos conocíamos la existencia de 'nuestro' manzano; cada año con más frutos, más dulces y fragantes, ratificando la existencia de la fruta recién tomada del árbol.

Aquellos noviazgos fructificaron en boda y en familias que aún tengo presentes. Mientras, este singular frutal ha soportado —gracias a los mimos de los jardineros— nuestro trasiego durante estos 19 años, las obras de la Facultad de Psicología, del edificio de la OEI —hoy 'Edificio Interfacultativo - ETSI Informática'—, del edificio de ETSII y el primer acondicionamiento del Consejo de Universidades. Como consecuencia de las semillas que los usuarios del comedor del Consejo de Universidades echaban al jardín, la riqueza frutícola de esta comarca —que se ha dado en llamar 'Pabellón de Gobierno'— se vio incrementada con otros dos sabrosos ciruelos, un albérchigo y quién sabe qué más germinados que aún estaban en estado de arbusto. Yo mismo, presa de admiración pura y con cierta ambición de poseer algo de tan magnífico espécimen, me acerqué al lugar —provisto de unas tijeras de poda— y me hice con un esqueje del manzano que malograron mis paupérrimos conocimientos de jardinería.

La vida universitaria continúa y, con ella, las necesarias transformaciones. Después de largos años de propósitos susurrados en rumores, comenzaron las obras de adecuación en el edificio del Consejo de Universidades. Han sido largas, de envergadura casi faraónica y sufridas. Al principio, se acotaron los jardines adyacentes y tuve la ingenua esperanza de que se preservaría uno de los rincones más bonitos de Ciudad Universitaria, como había ocurrido con las obras anteriores. Pero las nubes de yeso, la lluvia de cemento y cascotes, la acción devastadora de la obra completa fueron definitivos, porque los arrasaron. Con cierta vergüenza, aprovechaba mi recorrido por la fachada oriental de ETSI Informática o atisbaba desde la 2ª planta para contemplar el estado del manzano. Comprimido por la empalizada de alambre y tela plástica, no podía estar al margen del terreno removido constantemente o al envite de camiones y de todo tipo de maquinaria. Sería a principios de esta primavera cuando descubrí que tenía tronzada, a medio metro del entronque, una de sus ramas más gruesas —directriz hacia el mediodía—. El resto se replegaba sobre la copa, formando una madeja de ramas quebradas tejidas con las sanas.

Como sostienen los geománticos, las fuerzas telúricas son de importancia vital. Sólo así se explica la supervivencia del manzano. Un día —creo que fue a principios del verano— habían desaparecido las empalizadas. La limpieza consistió en talar y arrancar casi todo vestigio vegetal, remover el terreno e igualarlo; como quien rotura una parcela tras el barbecho. Inquieto, me asomé a la esquina para ver el árbol. Como un velero de tres palos tras un catastrófico accidente, con las jarcias deshechas y enredadas, su aspecto era desolador, pero había brotes que salían de sus yemas. Lo cierto es que, esta temporada, ha tenido muchas menos hojas y sólo he podido ver algunos frutos, ya secos y marchitos, colgando aún de sus ramas. Cuando se retiró el cercado, el suelo estaba horadado con las roderas de los camiones y las máquinas. Mil cicatrices hechas en el barro blando, testigos de las entrañas del manzano pulverizadas, como si una hecatombe hubiera pisoteado los huesos de un cementerio antes del sacrificio. Pero lo importante para la humanidad es la inmediatez y lo práctico: en las tardes de canícula, el operario de la 'pala retro-escabadora' se las ingeniaba para, tras cien maniobras, encajar su máquina bajo las ramas del manzano —casi entre ellas— con objeto de aprovechar su escasa sombra y dormir la siesta. No creo que los goteos de gasoil y aceite le fueran nada bien al maltrecho árbol.

Excelentísimo y Magnífico Señor Rector.

El manzano al que me refiero —desconozco su número de inventario— está cumpliendo, con excelencia en cualquier ámbito, todas las funciones que se le habían atribuido: decorativas, tróficas, de aportación a la vida y a su continuidad e, incluso, de compañero y apoyo a testigos conscientes o de empuje anímico a algunas personas para continuar esta existencia, a veces, tan absurda.

Por ello, creo justificada esta solicitud de indulto; por la que su atributo de excelencia se materialice en misericordia para preservar la vida de este árbol, mediante un perímetro cercado de 6 metros de radio en el que puedan actuar únicamente los operarios de jardinería y establecer, así, una zona exclusiva de cuidados intensivos.

Estoy convencido de que mi solicitud no es lesiva para los intereses de la Universidad.