martes, 8 de febrero de 2011

Obituarios

Ha vuelto a ocurrir otra vez. De pequeños, a los 11, pasábamos las horas observándonos, en una 'comuna' para aprender a tocar la guitarra. Luis, el 'Tararí', el 'Duende'... Los otros arropaban en corrillo o cantaban, sobre todo las niñas. Luis y él tenían un estilo romanticón que no me atraía nada. Pero él templaba la guitarra como ninguno, se fundía con el instrumento. Además, tenía muy buena planta y, sobre todo, un espíritu más libertino, un aire fanfarrón, rebelde y optimista. Así que, a esa edad, ya se las llevaba de calle. Era un tanto informal: a la hora de quedar para hacer algo o porque, tan pronto estaba bromeando entre nosotros, como había desaparecido. «¿Y el 'Duende'?» «¿Dónde se ha metido?» De ahí le venía el mote a José Luis de Frutos Pizarro.

Su padre era carpintero. Ebanista, trabajaba fino. A los 16, él a los 17, nos embarcamos en hacernos una guitarra eléctrica en el taller de su padre. Yo, por aprovechar el mástil de aquel bajo Hofner que se nos rompió en nuestro primer concurso de rock de la Villa. Además, por envidia de la SG de 'Clavelitos'. Al Duende le daba un poco igual. Pero bueno; se enrolló. Después, su padre le regaló una Strato.

A los 19, nuestras vidas se separaron. Debió entrar a trabajar en el taller de su padre: el semi-sótano de un edificio apuntalado por la ruina en la Corredera Baja. Se dedicaría profesionalmente a la música, sumergiéndose en otra espiral vertiginosa de bolos; tan hipnótica y asfixiante como el título del blog. Y ahí se quedó enredado, enganchado a la atracción del vértigo. Hace menos de dos años que nos contaba cómo su padre —y algo de ayuda social— le ayudaron a salir del agujero. Se deshacía en besos y cariñosos abrazos. ¡Qué mal lo debió pasar!

El taller de su padre se trasladó a Vallecas. Doña Carlota, el barrio en el que yo nací. Los vecinos le recordaban al Duende cómo su padre bregaba por él. Estaban tan unidos que, su muerte, fue otro abismo que tuvo que aprender a escalar. Había estudiado en Francia el oficio de luthier y convirtió la ebanistería en estudio de música, tienda, escuela y taller de instrumentos. Y allí me lo encontré, después de treinta años, con los mismos ojos cariñosos de niño ilusionado, amando el alma de los instrumentos que fabricaba, transfiriéndoles su arte humano en cada hálito expelido en su labor. Muchos días me quedaba hasta las tantas con él, embelesado mientras lidiaba con los asiduos parroquianos, vecindario humilde y bizarro. Buena gente. Yo me admiraba de cómo valoraba hasta lo más insignificante de la vida, de cómo renegaba blasfemando de sus problemas y cómo se reía de todo y de sí mismo.

Su mayor ilusión: su aún cercano matrimonio y que, a los 49 años, esperaba su primer hijo.
«A los 49, sí. ¿Qué pasa? Lo mejor es haber sobrevivido a todo aquello, para disfrutar ahora más de todo esto»
Alguna vez enchufó la guitarra para tocar acompañando alguna pieza favorita de los pocos discos que tenía en la tienda. Sus fraseos, de "bluesman" blanco, tenían pinceladas que me recordaban a aquel virtuoso jovencito al que acorralábamos, boquiabiertos, en el pasadizo de 'el túnel' para oírle tocar: José Manuel Montoya. Ahora tiene una cátedra de flamenco en la Fundación Casa Patas. Me gustaba cómo tocaba José Luis; no era exactamente mi estilo, pero me propuse llegar a su nivel y empecé a recibir clases de guitarra. Le pregunté: «¿Conoces este disco de Gary Moore?»
«Ya lo creo, tronco, me lo sé de memoria. Me lo robaron del coche hace tiempo.»
Le hice una copia, y también de otros éxitos de aquellos últimos años 70.

Tras el primer semestre de clases, y el descanso estival, aún estaba yo aturdido digiriendo las enseñanzas musicales. Entrado ya el otoño de 2009, se levantó una polvareda de rumores oscuros, áspera para los ojos, atascaba la garganta. Mi profesor me dio la noticia: el mismo problema congénito de corazón que se había llevado a su padre, había resultado fatal para José Luis.

No llegó a conocer a su hijo, que nació menos de una semana después.

Ya ha pasado más de un año pero inexplicablemente, después de haber estado sin vernos 30 años, de haber sido un recuerdo borroso de la infancia, se mantiene tangible en lo que me rodea y presente en lo que siento. Sin molestar. Parece haberse instalado cómodamente en mi interior, compañero indistinguible de mi ser. Parece que no soy yo, sino él, el que, ahora, toca un poco mejor la guitarra.

Otro recuerdo me ha llevado a escribir esto. Otra conexión concatenada de variables imprecisas. El pasado domingo, día 6 de febrero, falleció un buen guitarrista: Gary Moore. Creo que, el Duende, no tuvo tiempo de escuchar el disco de ese mismo artista que le regalé. Moore no toca el blues más clásico que a mí me entusiasma —y más asequible para un aprendiz como yo—, pero sé que José Luis llora conmigo cuando escuchamos 'Still got the blues'.



Lo que hacemos las personas, nos califica de una u otra manera: inteligentes, hábiles, poderosos, perversos o bondadosos. Pero no estamos completamente seguros de que estos atributos sean exclusivos de nuestra especie. Estoy convencido de que el Arte, la capacidad para encontrar una manera de transmitir los sentimientos y que se perciban, es lo único que nos hace verdaderamente humanos y distinguibles. Paradójicamente, el arte se ha considerado siempre un rasgo cercano a lo divino. Será porque deja tal impronta en nuestro recuerdo colectivo, que sobrevive a la limitación humana. Es la única vía para hacernos inmortales, divinos.

José Luis es un artista, se ve en los instrumentos que tocaba. Como Gary Moore.

In memoriam.

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